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sábado, 31 de julio de 2010

Tu piel sabe a sal, by Leda

Resumen: los rayos del sol bañan el cuerpo de Edward mientras está relajado en Isla Esme esperando que Bella despierte. ¿es tan fuerte el calor? ¿Qué sentirá nuestro vampiro? ¿Qué pensamientos le invandirán? ¿Culpa? ¿Felicidad? ¿está en el paraíso o en el infierno?

Tumbado en la playa escuchaba el mar en su eterno viaje de ida y vuelta a la costa. Las olas bien podían ser el pulso de la tierra, suave, lento, a veces más fuerte... ¿podía sentir el mar emociones?
No era un ser vivo... pero yo tampoco y las sentía.
Continué con los ojos cerrados, mi mente descansando. No había ningún ser humano cerca, nadie que me importunara con sus pensamientos.
Dejé de respirar, hundiéndome en este pequeño instante de soledad. Eran tan escasos estos momentos en mi vida que ahora quería disfrutrarlo.
El ruido de mis dedos revolviendo la fina arena de la playa rompió un poco la quietud del momento.
Los granos dorados eran una cama perfecta para mí y me encantaba tumbarme, acomodar la dura forma de mi cuerpo en este molde suave y cálido.
El sol estaba saliendo. Podía notar los primeros rayos que comenzaban a calentar levemente mi cuerpo. A mi alrededor la vida también despertaba. Los animales nocturnos, silenciosos y tímidos, se habían escondido hace tiempo dejando paso a los alborotadores de la mañana: pájaros, insectos, algún roedor...
Los árboles también despertaban. Sus hojas se mecían con la brisa del amanecer y el rocío caía limpiando su piel de madera. Las flores comenzaba a abrirse, perezosas, dispuestas a desplegar su aroma.
Volví a respirar, tan silenciosamente como fui capaz, y me llené del increíble aroma de limpieza del amanecer.
Las olas estaban cada vez más cerca de mis pies. Las podía notar. Según pasaban los minutos el mar ganaba un poco de terreno a la arena de la playa. El sol subía rápido en estas latitudes y mis músculos se calentaban agradablemente.
Parecía un lagarto. Pensé. Y me reí de mis propias ocurrencias.
Una ligera brisa movió mis cabellos y los descolocó, acariciando mi piel, refrescándola.
Permanecí inmóvil.
Era tan delicioso dejarme simplemente estar. Yacer tumbado, como si fuera un muerte luminosa. ¿sería así la eternidad en el cielo?
No me entristeció este pensamiento. No ahora. Porque por primera vez en mi vida tenía un futuro. Una razón para mi existencia. Bella, mi Bella.
Abrí la boca y dejé que entrara el aire salado, lo paladeé. La noche anterior había encontrado el mismo sabor en la piel de ella. El mar había dejado su huella en su piel, haciendo que su aroma fuera menos floral y más fresco. Pero no menos apetitoso.
Una ola se atrevió a llegar a los dedos de mis pies y los moví relajado. El contraste entre el suave calor de los rayos del sol y el agua fría del océano era estimulante.
Si pudiera dormir, sería así. Tumbado, a la deriva.
Mi piel cada vez más cálida, mis poros relajados, mi pelo moviéndose rebelde casualmente, todo era perfecto.
Por un segundo envidié a los hombres que podían siempre mostrarse de esta forma. Yo debía caminar oculto, sin mostrarme nunca al sol. Sólo aquí podía sentirme seguro.
Aparté rápido estos pensamientos. Había aprendido que no me llevaban a ningún lugar bueno, muy al contrario, solían volverme melancólico y triste. Y no era el momento. No ahora.
Porque este era el tiempo más feliz de mi vida.
Mi luna de miel.
Con Bella.
Presté atención y la escuché respirar lenta y cadenciosamente. Debía seguir dormida. Podía reconocer su respiración y su corazón latir tranquilo.
Había sido tan hermoso. Verla a la luz de la luna casi me había vuelto loco el primer día. Y ahora, pasados los primeros momentos de pánico y tormento, de culpa y dolor, parecíamos una pareja normal. Todo lo normal que podíamos ser.
El agua se retiraba con cada ola y dejaba mi piel dura y fría llena de sal, que me cosquilleaba agradablemente.
Adoraba la playa. Si fuera por mí, viviría siempre aquí al sol.
Una de las mayores tristezas de mi naturaleza era tener que vivir continuamente en sitios sombríos y lluviosos. Terminaba por minar tu mente, te volvías depresivo. Todos en mi familia escapábamos eventualmente a lugares cálidos, seguros y secretos para los humanos.
Emmet y Rosalie solían ir a África, donde podían dar rienda suelta a la pasión de él por la caza.
Jasper y Alice viajaban al sur de Europa, ella iba de compras y él era feliz acompañándola.
Carlisle y Esme solían escaparse a esta isla que nos habían dejado.
¿Cuál sería nuestro lugar especial? ¿Aquel en el que nos ocultaríamos del mundo para poder ser nosotros mismos?
Recordé la primera noche. Su piel se había sentido tan suave bajo mis dedos, sus gemidos habían sido tan inesperados para mí. Por más que hubiera sabido del amor carnal a través de los pensamientos y las experiencias de los demás, nada me había preparado para aquello.
Era como estar en un tornado, sentías el placer tirándote fuera de tu cuerpo, y te desplazabas por el torbellino de emociones que causaba la electricidad del momento. Cuando terminaba, te sentías verdaderamente como si tu cuerpo hubiera sido lanzado a varios kilómetros por hora contra el suelo. Sólo que no había dolor. En su lugar había una calma, una tranquilidad, una suavidad intoxicante. La mente y el cuerpo llenos de pequeños terrones de azúcar.
Así había sido mi primera vez.
Luego había despertado al horror de haberme entregado a la lujuria, de no haber controlado mi cuerpo y haber permitido que mi naturaleza animal disfrutara, brutal e insensiblemente.
Bella. Mi pequeño amor. Cubierto por las marcas de mi inconsciencia.
Y lo peor, lo más terrible, es que si me detenía a pensarlo no me sentía culpable.
No podía encontrar ni un sólo segundo en que no hubiera disfrutado, que no hubiera sido extravagantemente excitante.
Durante días, demasiados, me había sentido terriblemente culpable. ¿Cómo podía el mejor recuerdo de mi existencia haber causado dolor a mi amada?
Sí. Era culpable. Culpable de amar. Culpable de necesitar aquel placer intoxicante. Culpable de desear su piel, de tocarla con fuerza, de querer hundirme en ella una y otra vez.
Si tuviera un alma, la hubiera vendido a cambio de eso.
Había luchado durante días contra ella, contra las sensaciones de mi cuerpo, contra la necesidad de tenerla, de poseerla. Pero ella se había entregado a mí. Demasiado tardé en comprender que me pertenecía, de igual forma que yo la pertenecía a ella.
Su cuerpo, dulce, caliente, suave... se entregaba al mío provocando un frenesí de sensaciones, y finalmente la lucha terminó. Y perdí.
O quizá gané.
Si algún día iba al infierno, sería feliz. Porque había tocado a un ángel.
Amarla la noche anterior en el mar, juntos como debió ser nuestra primera vez, suave, lento, conociendo mis límites y los de su delicado cuerpo.
Todavía sentía sus pequeños dientes en mi hombro.
Tal vez llevaría mis dedos marcados en mis caderas, porque cuando nos dejamos caer en la playa, mientras las olas acariciaban su cuerpo, ella se sujetó a mi espalda rodeándome por los tobillos y tuve que sostenerme en su cuerpo para no perder la cordura.
Mi dulce Bella.
Todavía resonaban sus jadeos en mis oídos.
Había gritado mi nombre justo antes de envolverme, de apretarme con fuerza. Me acariciaba con su cuerpo, con su interior, y yo no podía negarle nada, aun cuando tuviera tanto miedo, y me hundía en ella una y otra vez.
Noté mi miembro revivir aquí en la quietud de la playa. Sí, mi cuerpo parecía estar vivo ahora.
La siguiente ola me erizó la piel. El agua fría contrastaba contra el calor que ahora me envolvía.
Bella me calentaba por dentro tanto como los rayos del sol calentaban mi piel.
¿Qué haríamos hoy? Ultimamente había estado durmiendo demasiado. Seguro que era por el calor y la humedad del lugar.
Había poco que hacer en realidad en la isla. Podría llevarla a nadar, aunque los peces solían huir de mí, algo extraño, nunca me había alimentado de pez.
Podría llevarla a las copas de los árboles. Le había gustado poder observar desde las alturas la selva, los pájaros, los pequeños primates.
O podría tumbarla en la playa y amarla lentamente.
Llené los pulmones de aire y el sonido de mi garganta, casi gutural, me sorprendió.
Desde que había conocido a Bella había sucedido. Creía conocerme a mí mismo, pero no era así. Ella había despertado en mi partes que no sabía que existieran. Desde ese primer encuentro en la clase de biología, en que una gran erección me sorprendió a la vez que mi sed de su sangre se volvía irracional.
Mi cuerpo había despertado con ella.
Y mi pequeña, absurdamente, había pensado durante meses que yo no la deseaba.
Si supiera el doloroso autocontrol al que me obligaba se asustaría. O quizá no. Bella era así, temeraria. Seguro que se habría lanzado a romper todas mis barreras si hubiera sabido lo difícil que era para mí mantenerme alejado de ella, mantener mis manos ocupadas fuera de su piel.
La mayoría de las veces las escondía en mis bolsillos, de esta forma cumplía dos propósitos: guardaba mis dedos para mí, y ahuecaba mi pantalón para que no pudiera notar como brincaba una parte de mí al verla.
Había sido difícil. Doloroso y difícil. Mis hermanos habían hecho apuestas sobre cuando perdería el control. Pero lo había conseguido.
Y ahora podía tenerla siempre. Ahora no tenía que avergonzarme de las reacciones de mi cuerpo cuando veía el suyo, cuando la soñaba, cuando la deseaba, cuando simplemente dejaba que su imagen llegara a mi mente.
Porque esto era lo único que hacía falta para conseguir una completa y gigantesca erección: pensar en ella.
Últimamente me había encontrado pensando en su cuerpo cuando la convirtiera. Todavía me dolía esta posibilidad. Pero si quería ser sincero conmigo mismo, también lo deseaba. No podía ni imaginar como sería su cuerpo de suave, como se perfeccionaría su aroma. Sería ella. Y sería mía. Sólo mía. Para la eternidad.
Había dejado ya de castigarme por estos pensamientos. La primera vez que me asaltaron me encontré gimiendo en mi cuarto y tuve que ir a la ducha a limpiar mi cuerpo de mi propia debilidad. Pensar que podría al fin entregarme a ella sin miedo había hecho estragos en mi fortaleza y directamente sucumbí a la liberación.
¿Sería de esta forma?
Bella quería que la mordiera. Deseaba que fuera mi veneno el que circulara por sus venas.
¿Debía hacerlo?
Se lo había prometido.
Sin embargo, sabía que era egoísta por mi parte. Pero también era egoísta no darle la vida eterna a mi lado si era eso lo que ella quería.
Había tratado de planear la forma.
¿Sería cuando volviéramos a casa de mis padres? Allí ellos podrían ayudarme a controlarla, porque inevitablemente la convertiría en una asesina.
Mi Bella una asesina.
Me estremecí con este pensamiento tan doloroso.
Pero inmediatamente una imagen de ella entre mis brazos, saltando sobre mi cuerpo, mordiéndome sin miedo, entregándose con fuerza, inundó mi mente.
Estaba perdida e irremediablemente enamorado de ella.
Pronto la tendría entre mis brazos de nuevo. La había echado de menos. Había estado durmiendo por horas. No quería despertarla, pero comenzaba a dolerme no tocarla.
Y había una parte de mí que saltaba con el sólo pensamiento de sus tacto y de sus labios.
Gemí cuando otra ola enfrió mi piel acariciándome, cada vez más lejos el agua sobre mi cuerpo.
Sus labios. Esa había sido la última locura de mi Bella.
Si hubiera estado tumbado en la cama en lugar de la arena de la playa, habríamos caído al suelo por la fuerza en que había apretado mis pies.
Su boca era una tortura. Su lengua haciéndome arder mientras me recorría, su aliento lanzándome hacia una dimensión abrasadora.
No había querido que lo hiciera, había querido disuadirla, no era necesario, no quería obligarla. Pero en el momento en que sentí la suavidad de sus labios me entregué.
Si iba a ir al infierno al menos que fuera por una buena razón.
Podía recordar mis súplicas, como me alejaba lo más suavemente posible, y como ella una y otra vez me buscaba. No había querido agarrar su pelo aunque mis manos habían viajado mil veces y se habían retorcido en el aire deseando sujetarla. Pero tenía miedo.
Una dulce y dolorosa descarga me recorrió. Me obligué a inmovilizarme aunque fuera lo más difícil que había hecho nunca. Al menos cuando la amaba podía mover mis caderas, podía sentir las sacudidas de mi espalda. No ahora. Ahora debía estar inmóvil. El miedo a dañarla era demasiado fuerte en mí.
Recordé como mi cabeza había golpeado contra el suelo de arena fina una y otra vez, una única liberación de fuerza, un único movimiento, mientras el resto de mi cuerpo alcanzaba su zénit, mis rodillas algo levantadas, mis caderas tensas a sólo unos centímetros del suelo, mi boca abierta en un gruñido de satisfacción salvaje.
Ella había viajado a mis labios, pronunciando mi nombre, trayéndome de vuelta de este viaje al universo exterior.
Deseaba que despertara. Prepararía su desayuno, la mimaría, la acompañaría a la playa a tomar el sol.
Y me hundiría entre sus piernas.
Podía sentir su olor ahora con claridad. Como si estuviera a mi lado.
Separé mis labios deseando que fuera su sabor el que me llenara.
Las gotitas de agua salada eran deliciosas, me refrescaban.
La amaría aquí. Sujetaría sus caderas y tomaría el desayuno entre sus piernas.
Mis labios saborearían su piel mientras el agua salada la acariciaba.
Sí. Su olor era claro ahora.
Mi cuerpo caliente por el sol se tensó y mi columna se estiró mientras mi cabeza se inclinaba en la arena ante la imagen de ella bajo mi cuerpo.
Mi miembro palpitaba, deseoso, recordando el placer, deseándolo de nuevo. ¿volvería a sentir sus labios? ¿me acariciaría con sus dedos? ¿podría estar en su cálido y sedoso interior?
Un gemido húmedo salió de mi garganta mientras tragaba el veneno que llenaba mi boca.
Su olor. Fuerte. Redondo. Cuando se excitaba se convertía en un elixir de pasión.
Sabía que era un ser despreciable, pero deseaba morderla. Deseaba hundirme en su cuerpo y ver sus ojos desenfocados, sus pupilas ampliadas, mientras arremetía una y otra ven en ella, apretándome, temblando, disfrutando de un orgasmo ardiente y frío, y entonces yo hundiría mis dientes en su cuello y un placer salvaje me recorrería.
Mi lengua aleteó en mi boca, casi podía paladearla en el ambiente. ¿Tan lejos estaba?
-Eres tan hermoso.
Levanté mis párpados y la encontré. Estaba sentada a tan sólo un metro de mi. Me observaba con los ojos calmados, sus pupilas negras por la excitación, su cuerpo temblando por la anticipación, y su lengua pasó por sus labios humedeciéndolos.
Por un momento fui consciente de mí mismo a través de ella.
Brillante en la playa, una erección pulsando entre mis piernas mientras las olas golpeaban rítmicamente mi cuerpo.
-Ven.
La dije. Y extendí mi brazo.
Ella se levantó y caminó despacio, sólo llevaba un suave camisón azul lavanda que hacía parecer su piel irreal bajo el sol.
Cuando se sentó sobre mí noté que no llevaba más ropa y entre sus piernas pulsaba su piel ardiente.
-Te amo.- la dije.
Y me hundí en mi propio paraíso ardiente.

7 comentarios:

  1. ¡¡¡Joder!!!
    (perdon por el taco)
    Pero aunque no haya escenas de sexo explicito querida, me voy inmediatamente a tomar una duchita fria, ajajajajaj
    Por que escuchar a Edward como piensa en .......
    uuuuufffffff( que calor)
    jajajajaajajaj
    Te quedo divino, escelente e inmejorable
    Leda eres the best
    besos
    Irene

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  2. ohhh Leda.... me transportaste a isla Esme con Ed.... hiciste que me adentraras en su linda cabecita.... y me encanto....
    es un os muy muy lindo...
    suerte en las votaciones!!!
    un beso enorme

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  3. Me encanta, lo he leído un par de veces y es que casi podía sentir el sol en la piel...en fin, ya sabes, absolutamnete genial!
    Besos
    T.

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  4. Oh mi Leda hermoso os si que me diverti leyendolo si describes la escne tan bella que me dan celos y deseo matar a Bella.. hermosa

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  5. hola guapa
    te lo repito eres la mejor.
    no sabes todas las sensaciones que me trasmiten tus historias, la forma en que describes toda la escenas es presiosa.
    muchisima suerte
    miles de besos

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  6. leda eres genial
    dios casi me senti que edward entraba en mi
    me fasinan tus historias eres la mejor
    tkm niña

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  7. Me encantaría estar allí..sentir el sol...sentirlo a él...dios me encantó...esa...playa..ahsss.
    hermoso..besos amiga..muy lindo el OS..por supuesto todo lo de él..me encanta.

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