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domingo, 20 de junio de 2010

Esme

No podía aguantar más este dolor, era algo más allá de lo natural, de lo normal. Miles de lenguas de fuego recorrían mi cuerpo una y otra vez haciendo que me ardiera hasta el último centímetro de mi cuerpo. Era un dolor inexplicable, un dolor que mi aterrada mente no podía comprender.
Hacía unas horas me había lanzado desde un precipicio esperando una muerte rápida y sin dolor, una muerte que me hiciera olvidar mi dolor, un dolor tanto físico como mental. Acababa de perder a mi bebé, mi queridísimo y ansiado bebé. Este hecho hizo que enloqueciera de dolor y que durante días no pensara más que en morir, que en seguir a mi bebé allá donde había ido. Por eso me arrojé por el precipicio. En un primer momento sentí dolores agudos que traspasaban mi cuerpo según iba cayendo sobre las afiladas rocas, pero al llegar al fondo del acantilado había dejado de sentir. Había dejado de sentir pero aún así sabía lo que ocurría a mi alrededor. Tras varias horas allí tirada esperando fervientemente la muerte me habían encontrado. Tras darme por muerte me llevaron a la morgue de un hospital, desde donde alguien cargó conmigo y me trasladó hacia otro lugar, el lugar donde ahora me encontraba. Una vez allí sentí varias punzadas cortantes y segundos más tarde todo mi cuerpo comenzó a arder.
No pude más que chillar y retorcerme, más que gritar ante este dolor que me nublaba la mente. A mi lado siempre había alguien, parecía que dos hombres se turnaban para vigilarme, para decirme palabras de aliento como si con ellas pudieran mitigar el dolor.
De pronto dejé de sentir ese dolor y una sensación de paz se extendió por todo mi cuerpo. Abrí los ojos y me encontraba acostada en una habitación oscura y sin ventanas y apoyados en la pared más lejana se encontraban los dos hombres más bellos que jamás había podido imaginar. Uno de ellos tendría más o menos mi edad y era alto y apuesto a la par que elegante. El otro era un muchacho con el pelo desordenado y un cuerpo bastante atlético. Me quedé mirándoles un momento pero fue su olor lo que más me llamó la atención. Olían deliciosamente, a luz y calor. Nunca había olido algo tan maravilloso. Estaba pensando en hablar, en decirles algo cuando una quemazón aguda en mi garganta hizo que soltara un pequeño gruñido. No era mi intención, pero los dos hombres se habían puesto a la defensiva ante mi bufido.
Como si el joven pudiera escuchar mis dudas ante su reacción se calmó y dirigiéndose al otro hombre dijo:
- Está bien… sólo es la sed…
Los dos hombres se fueron acercando a mi cautelosamente y yo me senté en la cama, demasiado rápido a mi entender, lo que hizo que volvieran a parase. Fue entonces cuando el hombre mayor y más apuesto me habló.
- Bienvenida señorita. Soy Carlisle y este es mi hijo Edward. Seguro que tiene muchas preguntas que hacernos… Bien, intentaremos contestársela todas.
- Bien… Esto…- estaba algo confusa, por lo que no podía coordinar muy bien mis pensamientos- Me llamo Esme… … … … … Y creo que estaba a punto de morirme… Quiero decir… Me arrojé por un precipicio y hasta hace unos minutos me estaba retorciendo de dolor… ¿Cómo es que ahora estoy perfecta?... Ahhh……- me contesté a mí misma- me he muerto…
Los dos hombres se miraron y se sonrieron. Entonces el joven, Edward, se sentó a mi lado en la cama y me cogió de la mano.
- No, no estás muerta Esme. Bueno, no del todo… - y con una mirada a Carlisle este empezó a relatarme lo que ahora era, en lo que me había convertido.
Me llevo un par de horas asimilar lo que me decían y comprender que mi vida había cambiado. Bueno, eso en particular no me llevó tanto tiempo, pero sí entender su filosofía de vida, el hecho de que no mataban humanos para alimentarse. Me contaron sus respectivas historias y cuando estuvieron seguros de mí me sacaron de la habitación donde nos encontrábamos y me enseñaron a cazar.
Los primeros días de mi nueva vida fueron apasionantes, pero también dolorosos. A cada minuto descubría algo nuevo. Sensaciones, olores, colores, formas… Pero la sed podía conmigo, con mi paciencia. Deseaba tanto abalanzarme sobre los humanos que paseaban inocentemente alrededor de nuestra casa, que vivían tan cerca de mí. Pero por no defraudar a Carlisle me retenía, me golpeaba a mí misma una y otra vez con mis fuertes manos para no caer en la tentación. Porque desde el primer momento que le vi supe que le amaba, que siempre le amaría. Y él se mostraba tan apartado de mí… Yo intentaba acercarme a él pero Carlisle siempre se mostraba tan caballeroso…
Había momentos en los que mi sed de él superaba a mi sed de sangre humana. Uno de esos momentos llegó una noche que Edward había salido a un recital de piano. Carlisle se había quedado conmigo para vigilarme ya que no era prudente dejarme sola.
Me acerqué sigilosamente mientras leía uno de sus cientos de libros sentado en el pequeño sillón del salón. Me sitúe delante de él y con un rápido movimiento y antes de que pudiera mirarme le arranqué el libro de las manos y le lancé hacia un lado haciendo que chocara sonoramente contra la pared. Su cara se alzó hacia mi rostro desvelándome una expresión de total incredulidad y antes de que pudiera preguntar porqué lo había hecho me senté sobre él y me lancé contra sus labios. Al principio no reaccionó ante mi beso, pero pasados unos segundos sus manos agarraron fuertemente su cintura y apretaron mi cuerpo contra el suyo mientras nuestras lenguas se enzarzaban en una sensual pelea.
Pasados unos minutos me separé de él sólo el tiempo necesario para decirle:
- Carlisle, te amo… Te amo desde el momento en que abrí los ojos y te vi…
Él me calló con un beso y susurró contra mis labios:
- Yo también te amo… Eres lo mejor que me ha pasado en esta vida… Te amo…
Y ahí comenzó nuestra primera noche de pasión y amor…
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Mi primer oneshoot, dedicado a la mamá de la saga....

2 comentarios:

  1. Ay que tierno, yo quiero saber más... ojala sigas con la historia...

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  2. Muy lindo, me encanto. No suelo leer sobre ellos dos, pero este esta precioso.

    Un beso, Pame.

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